En el pasillo se escuchan los paso, serenos y pausados, se acercan con un paso firme de quien no teme ni a la muerte, entra a la habitación y se sienta en el sofá a observar, tiene la paciencia de quien tiene toda una vida para cumplir su venganza, altanera se roba lo que no le pertenece, se adueña de los retratos, los reemplaza por horrendas imágenes surrealistas, con esa mano, que trabajó la tierra, ha rasgado el tapiz de la pared, ha perforado la pared hasta llegar a la viga madre y producir un orificio en ella, esa risa que eriza la piel... me hace cerrar las manos hasta enterrar la uñas en mi piel.... los escalofríos me recorren la piel, producto de la brisa que viene de la ventana abierta, azoto la teclas del piano, arremeto contra él una y otra vez, quiero que mis manos vuelen y logren arrancar el canto de este maldito piano que se niega a cantar solo para mi.
Esa maldita risa otra vez, me levanto y la trato de ignorar, me alejo, mis pies me llevan a los rincones más lejanos de la casa, la biblioteca, con cariño toco el lomo del libro, me lo arrebata y empieza a leer, en voz alta, el sonido entre por mi oídos, torpe tropieza con mis recuerdos de la última vez, la odio, sin embargo como el canto de una sirena me aduerme y me atrae a ella, me lleva de nuevo a la sala de música, una y otra vez a la maldita sala de música.
Con esa mano que ha trabajo la tierra, me acaricia la cara, !quema!, al rojo vivo con un fierro me marco la cara, con esa mano que ha trabajado la tierra. Con mi mano, esta mano que ha tocado el cielo, delineo esa marca, una espiral... sin final.
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