No es un gran día de lluvia, de esos en que te preparas el desayuno y regresas a trabajar en la cama y la televisión encendida con el programa favorito.
Tampoco es la promesa de ese día brillante que te invita a regar las plantas e ir caminando a traer el pan fresco, seguido encender la radio a todo volumen y sacar todos los pendientes en la mañana porque hoy quieres salir temprano.
No, es de esos en los que estás a medio camino entre poner tu playlist para llorar y llamar a tus personas para iniciar una fiesta, pero ninguna de las dos situaciones sucede, es solo ese interminable limbo de en medio.
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